En nuestro entorno, es común la percepción de que la investigación es un proceso aburrido, tedioso e increíblemente complejo. Se trata de una aversión generada en su mayor parte por la ignorancia. El miedo a lo desconocido es una constante humana, que limita su crecimiento, estancándolo. Para evitarlo habrá necesariamente que enfrentar ese miedo.
Una definición del término “investigar”, según el diccionario de la Real Academia Española, indica: “Realizar actividades intelectuales y experimentales de modo sistemático con el propósito de aumentar los conocimientos de una determinada materia”.[1] A partir de esto, es posible considerar que las artes visuales, al igual que todas las demás áreas del conocimiento, se pueden beneficiar de la investigación, particularmente cuando el interesado en hacerla sea el mismo artista.
Al respecto, el eterno conflicto y las descalificaciones del creador hacia el teórico del arte, y viceversa, surge en la medida en que no hay un nexo o código comunicativo entre ambos. No obstante, conocer el mundo que encierra la otredad abre las puertas de la percepción, enriqueciendo nuestro marco de referencia tanto como la creación artística misma. Por eso “es necesario incorporar a la obra esta figura del artista investigador-academizado que también cuenta entre sus imperativos el de pensar y hacer historia”[2] es decir, “que escriba el resultado de sus investigaciones”. Pues de otra forma, por muy interesante que sea su propuesta, en el mejor de los casos será interpretada de forma totalmente abierta por quienes se aproximen a ella; y, en el peor, ésta tendrá un carácter volátil y efímero. Sólo al escribir dejamos un rastro que puede ser retomado por otros después. Esa es la cualidad principal que encierra la labor intelectual, donde toda idea surge de la incógnita que dejaron otras en el pasado, y a éstas a su vez serán provocadoras de otras tantas.
Mi interés como investigador en el arte, se centra en el neologismo “alebrije” utilizándolo como pretexto contemporáneo para desarrollar una exploración poco ortodoxa pero válida desde el enfoque teórico de la recepción artística. En un trabajo reciente, Alberto Vargas ha señalado que “si algo define al mundo contemporáneo es su determinante carácter urbano. Más que nunca es la ciudad el centro global de la acción humana y esto propone una de las características más destacables del hecho artístico en la actualidad: su necesidad de relacionarse con un público cada vez más amplio y heterogéneo, para quien el fenómeno artístico, en una amplia mayoría de casos es inexpresivo o incluso inexistente”.[3] Indagar los contenidos posibles en la presencia de alebrijes gigantes expuestos a un público diverso en la ciudad de México, sería en ese sentido un estudio de interés.
Es importante considerar que el concepto “alebrije”, al igual que la investigación, implica la existencia de un cambio morfológico. Me refiero a que ya se está creando un mercado en torno a ello, y con las próximas exposiciones del Museo de Arte Popular, a partir del mes de noviembre (en las que muchos nombres conocidos llamarán la atención), quedarán demostrados una buena parte de mis objetivos…
Antes anoté que es poco ortodoxa la investigación que formulo, porque pone sobre la mesa el tema de la dicotomía entre arte y artesanía, retomando investigaciones realizadas por esta casa de estudios a través del Instituto de Investigaciones Estéticas, en el año de 1979. Coincido con quienes piensan que “el estudio del arte popular no puede hacerse sin el conocimiento pleno de las bellas artes. Ni debería nunca confiarse exclusivamente a sociólogos, porque su estudio es tal vez la última tarea importante que le resta a la disciplina humanística de las artes visuales.”[4] La concepción plástica inherente a tales expresiones creativas es por tanto un ámbito viable de investigación, más allá de consideraciones socio-antropológicas.
Es un pretexto idóneo, además, para replantear e incluso cuestionar la artificiosa separación del carácter científico en el área de las humanidades: “Quizás el problema fundamental por el que a la investigación social se le niega la categoría científica, son los intereses que entran en juego al practicarla, intereses tales como el deseo de impedir que una realidad se conozca porque implique una relación de injusticia, o la oposición a los cambios con objeto de seguir manteniendo privilegios, o que se llega a practicar con vicios metodológicos para justificar un estatus”.[5] Dicho de otra forma: la validez de una investigación dentro de las artes plásticas estará dada por el rigor con que se emprenda y realice.Por otro lado, al formular mi proyecto estoy perfectamente consciente de la evolución adquirida de forma lúdica en mi trabajo, que pasó poco a poco de la práctica a la teoría, enriqueciéndose mediante la influencia de los distintos centros de estudio donde me he desempeñado. Con ello he podido observar que la teoría adquirida refuerza la obra resemantizando significantes, que sin temor a equivocarme pueden ser una fuente de futuras investigaciones académicamente viables
[1] “Investigación”, en Diccionario de la Real Academia, versión en internet: http://buscon.rae.es
[2] Luis Rius Caso, Profesionalización del arte y de los sistemas artísticos, UAEM, México, 2006, pp. 203.
[3] Alberto Vargas, El museo y la validación del arte, La carreta del arte, Medellín, 2008, pp. 148.
[4] George Kubler, “Las artes nobles y llanas”, en La dicotomía entre el arte culto y arte popular, UNAM, México, 1979, p. 27.
[5] Jorge Tenorio Bahena, Introducción a la investigación social, Mc Graw Hill, México, 1990, p. 2.
Una definición del término “investigar”, según el diccionario de la Real Academia Española, indica: “Realizar actividades intelectuales y experimentales de modo sistemático con el propósito de aumentar los conocimientos de una determinada materia”.[1] A partir de esto, es posible considerar que las artes visuales, al igual que todas las demás áreas del conocimiento, se pueden beneficiar de la investigación, particularmente cuando el interesado en hacerla sea el mismo artista.
Al respecto, el eterno conflicto y las descalificaciones del creador hacia el teórico del arte, y viceversa, surge en la medida en que no hay un nexo o código comunicativo entre ambos. No obstante, conocer el mundo que encierra la otredad abre las puertas de la percepción, enriqueciendo nuestro marco de referencia tanto como la creación artística misma. Por eso “es necesario incorporar a la obra esta figura del artista investigador-academizado que también cuenta entre sus imperativos el de pensar y hacer historia”[2] es decir, “que escriba el resultado de sus investigaciones”. Pues de otra forma, por muy interesante que sea su propuesta, en el mejor de los casos será interpretada de forma totalmente abierta por quienes se aproximen a ella; y, en el peor, ésta tendrá un carácter volátil y efímero. Sólo al escribir dejamos un rastro que puede ser retomado por otros después. Esa es la cualidad principal que encierra la labor intelectual, donde toda idea surge de la incógnita que dejaron otras en el pasado, y a éstas a su vez serán provocadoras de otras tantas.
Mi interés como investigador en el arte, se centra en el neologismo “alebrije” utilizándolo como pretexto contemporáneo para desarrollar una exploración poco ortodoxa pero válida desde el enfoque teórico de la recepción artística. En un trabajo reciente, Alberto Vargas ha señalado que “si algo define al mundo contemporáneo es su determinante carácter urbano. Más que nunca es la ciudad el centro global de la acción humana y esto propone una de las características más destacables del hecho artístico en la actualidad: su necesidad de relacionarse con un público cada vez más amplio y heterogéneo, para quien el fenómeno artístico, en una amplia mayoría de casos es inexpresivo o incluso inexistente”.[3] Indagar los contenidos posibles en la presencia de alebrijes gigantes expuestos a un público diverso en la ciudad de México, sería en ese sentido un estudio de interés.
Es importante considerar que el concepto “alebrije”, al igual que la investigación, implica la existencia de un cambio morfológico. Me refiero a que ya se está creando un mercado en torno a ello, y con las próximas exposiciones del Museo de Arte Popular, a partir del mes de noviembre (en las que muchos nombres conocidos llamarán la atención), quedarán demostrados una buena parte de mis objetivos…
Antes anoté que es poco ortodoxa la investigación que formulo, porque pone sobre la mesa el tema de la dicotomía entre arte y artesanía, retomando investigaciones realizadas por esta casa de estudios a través del Instituto de Investigaciones Estéticas, en el año de 1979. Coincido con quienes piensan que “el estudio del arte popular no puede hacerse sin el conocimiento pleno de las bellas artes. Ni debería nunca confiarse exclusivamente a sociólogos, porque su estudio es tal vez la última tarea importante que le resta a la disciplina humanística de las artes visuales.”[4] La concepción plástica inherente a tales expresiones creativas es por tanto un ámbito viable de investigación, más allá de consideraciones socio-antropológicas.
Es un pretexto idóneo, además, para replantear e incluso cuestionar la artificiosa separación del carácter científico en el área de las humanidades: “Quizás el problema fundamental por el que a la investigación social se le niega la categoría científica, son los intereses que entran en juego al practicarla, intereses tales como el deseo de impedir que una realidad se conozca porque implique una relación de injusticia, o la oposición a los cambios con objeto de seguir manteniendo privilegios, o que se llega a practicar con vicios metodológicos para justificar un estatus”.[5] Dicho de otra forma: la validez de una investigación dentro de las artes plásticas estará dada por el rigor con que se emprenda y realice.Por otro lado, al formular mi proyecto estoy perfectamente consciente de la evolución adquirida de forma lúdica en mi trabajo, que pasó poco a poco de la práctica a la teoría, enriqueciéndose mediante la influencia de los distintos centros de estudio donde me he desempeñado. Con ello he podido observar que la teoría adquirida refuerza la obra resemantizando significantes, que sin temor a equivocarme pueden ser una fuente de futuras investigaciones académicamente viables
[1] “Investigación”, en Diccionario de la Real Academia, versión en internet: http://buscon.rae.es
[2] Luis Rius Caso, Profesionalización del arte y de los sistemas artísticos, UAEM, México, 2006, pp. 203.
[3] Alberto Vargas, El museo y la validación del arte, La carreta del arte, Medellín, 2008, pp. 148.
[4] George Kubler, “Las artes nobles y llanas”, en La dicotomía entre el arte culto y arte popular, UNAM, México, 1979, p. 27.
[5] Jorge Tenorio Bahena, Introducción a la investigación social, Mc Graw Hill, México, 1990, p. 2.